tinoDicen que los seres humanos nada más nacer somos capaces de reconocer la voz de nuestra madre, porque cuando todavía estábamos gestándonos en su vientre ya podíamos escucharla. Luego, a medida que vamos creciendo, nos encontramos con otras voces distintas a las de nuestro entorno familiar: la voz de nuestros amigos, la de los profesores, la del médico, la del sacerdote, etc. Algunas de ellas han tenido tanta influencia en nosotros, que reconoceríamos a la persona con los ojos cerrados únicamente escuchando su voz.

En mi historia personal he tenido la suerte de escuchar muchas voces que me han ayudado a crecer y madurar como persona. No obstante, tengo que reconocer que sólo una de ellas ha transformado mi entera existencia. Se trata de la voz de Dios. La pude escuchar siendo todavía un niño a través del cura de mi pueblo, de mis padres, de mi primera maestra… Todos ellos han sido las voces que me transmitieron la única Palabra que Dios ha pronunciado desde que el mundo es mundo: Jesucristo.

Esta Palabra me sedujo de tal manera, que no me resulta posible entender mi vida si no es desde ella. Cada día la busco e intento escucharla a través de los hermanos y, especialmente, a través de la Biblia, porque sé que en ella Dios me tiene reservada para cada momento de mi vida una página, un párrafo, una frase o tan sólo una palabra, a través de la cual Él me hace saber cuál es el proyecto de amor que tiene pensado para mí.
Leyendo, escuchando, estudiando y orando con la Palabra de Dios he podido ir descubriendo algo que el Señor me pide por puro amor: ser pregonero de su Palabra siendo cura. Sí, el Señor quiere que yo sea su voz para hacer llegar su llamada de manera especial a algunos de los chicos que se encuentran en el Seminario. Dios es así de misterioso: a través de tímidas y frágiles voces como la mía desea comunicarse a la humanidad para ofrecerles, no un discurso lleno de vana palabrería, sino la Palabra de Vida verdadera, que es Jesucristo.
Soy consciente de que la misión que me confía en el Seminario es desbordante para lo poca cosa que soy. ¡Cuántas veces le habré dicho como el profeta Jeremías: “Ah, Señor, mira que soy un muchacho y no sé expresarme”! Pero su amor es más fuerte que mis miedos y debilidades. Por eso siento que la respuesta que le ofreció antaño al profeta, me la dirige todos los días a mí: “No digas: «soy un muchacho», pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No tengas miedo, que contigo estoy para salvarte”.

Yo he escuchado la voz de Dios y su Palabra me ha llenado de alegría y sentido. Ser sacerdote en el Seminario para transmitir a los chavales de hoy su Palabra salvadora es lo más grande que me haya podido suceder. Por eso, quiero dirigirme a quien lee estas líneas: Seas quien seas, permite que el Señor Jesucristo se sirva de tu voz para llamar al sacerdocio a algunos de los chavales que conoces. No permitas que la Palabra que vives se deje de escuchar por ausencia de voces que la proclamen. Y si por casualidad eres tú quien escuchas hoy la voz de Dios, no tengas miedo. Merece la pena (y la vida) ser la voz de la Palabra para el mundo. 

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