CUARESMA 2018: 4º semana

cuaresma 2018Salimos del seminario cuando las campanas de San Andrés indicaban que era la hora del “ángelus”, nos dirigimos rumbo a las Benedictinas, al entrar se respiraba el ambiente del “ora et labora”, la paz de quienes su tiempo es para Dios desde la oración, el trabajo y la vida comunitaria. Doce hermanas forman este oasis de paz, doce siguiendo los pasos de Jesús, quizá os suene. Nos recibe la hermana Alejandra Martínez, la más joven de toda la comunidad.

Buenos días hermana Alejandra, que paz se respira…

Buenos días seminaristas, este es un lugar de oración, trabajo y comunidad desde el Señor, eso es lo que da paz.

 

Sabemos que la madre abadesa la ha elegido en nombre de toda la comunidad por eso le preguntamos ¿Qué significa ser monja?

Ser monja es ser una mujer que ha sentido dentro de sí la llamada del Señor a seguirle, y que ha respondido a ella con la donación de su vida, en una vida consagrada enteramente a Su servicio. La monja se sabe llamada, interpelada, pronuncia un “sí” que va tomando forma cada día de su vida. Y es feliz porque el Señor llena su vida de sentido y le da la plenitud que desea en lo más hondo de su corazón.

¿Pero tiene sentido ser monja hoy?

Ser monja hoy tiene sentido. La palabra hoy es una palabra con la que la liturgia actualiza en las celebraciones los diversos misterios del Señor, y por ello es un término muy sugerente. Ser monja en cada momento de la historia es importante, es vital y tiene sentido, porque la monja, al saberse llamada por Dios, descubre que esa llamada comporta una misión, un envío para el mundo en el que vive, la sociedad de la que forma parte, la época histórica a la que pertenece. Ser monja es también ser un signo, y hoy por hoy, en un mundo sediento de verdad, el desafío que tenemos es el de no desvirtuar un mensaje que siempre será un don, que no nos pertenece sino que se nos ha donado, se nos ha entregado para ser compartido.

Sabemos que el mundo, necesita siempre un cambio, necesita convertirse ¿crees que es posible?

Si bien, es verdad, que con cada ser humano que nace la humanidad entera comienza de nuevo, es verdad también que nadie está lo suficientemente perdido, fracasado o hundido como para no ser alcanzado y transformado por el poder de la Resurrección de Jesús, el Hijo de Dios. La existencia humana no ha sido creada para la derrota, ni la maldad humana puede anular el proyecto eterno de un Dios Padre que todo lo ha creado bueno y lo ha destinado a la vida sin fin. Porque la base que sustenta el milagro de la vida, nuestro ser, el que seamos alguien y no la nada, es el Amor, y el amor, nos dice la Escritura, no pasa nunca. Precisamente ese Amor, manifestado en la entrega del Hijo, es el único que redime, que transforma, que reconduce hacia el bien las sendas que nuestra desobediencia tiende a desviar. El Amor dignifica y transfigura, todo lo hace nuevo. Por ello, la conversión no sólo es posible, sino que es la manera como el Espíritu re-crea los corazones.

El mundo está sujeto a cambios muy bruscos, sin embargo vosotras desde la vida de trabajo y oración demostráis que es posible la fortaleza, que vuestra oración incesante es capaz de cambiar el mundo ¿Cómo puede desde la fortaleza de la oración cambiar el mundo una monja como vosotras?

La oración posee una extraordinaria capacidad performativa, única, y por eso orar es una misión profundamente activa que tiene una enorme trascendencia en la realidad. La oración puede cambiar el mundo porque al ser en su esencia un diálogo de amor, un encuentro personalísimo entre Dios y cada uno de nosotros, es también la manera como abrimos una puerta en nuestro corazón para que Dios entre en él y actúe.

Nuestra oración humilde, cotidiana, recoge la peripecia vital nuestra y de nuestros contemporáneos y por eso no somos ajenas a lo que sucede en el mundo. Precisamente la oración nos hace responsables de ese sentido de solidaridad con la gran familia humana, sintiéndonos hermanas de todos, y haciendo nuestras sus necesidades más profundas.

Nuestra presencia en el coro monástico es la presencia de la Iglesia que ora a su Esposo, que pide incesantemente que «venga a nosotros su Reino», y esta es una petición que surge espontánea ante tanto dolor, tanto estrago de la guerra, tanta injusticia, tanta corrupción, tanta hambre, tanta… inhumanidad…

¿Puedes contar un testimonio donde tú hayas sido testigo o protagonista, de cómo es posible cambiar el mundo con la fortaleza de la oración?

Cuando una persona ora, va adquiriendo una cierta sensibilidad que le hace descubrir con asombro conmovido, que todos los días se obran pequeños-grandes milagros a sus ojos, tanto en su realidad más inmediata como a nivel más amplio. La verdadera transformación del mundo que realizamos nosotros, directamente, sucede en el día a día, en la sonrisa que puede iluminar un rostro triste, la palabra de ánimo para un espíritu abatido, la generosidad y caridad expresadas en un gesto delicado, un gesto oportuno, las respuestas que desarman los corazones heridos y cegados por el odio, la envida, la rabia o la impotencia… la dedicación de quienes cuidan a las personas que viven cualquier tipo de fragilidad… en definitiva, el amor que nos hace más humanos, más cercanos, y que de este modo crea en torno nuestro una atmósfera diferente, que acaso contenga ese especial “perfume de Jesús”.

Muchísimas gracias hermana Alejandra por sus sinceras palabras, no se olvide de rezar por nosotros, el seminario lo hace por vosotras

Estáis en nuestra oración siempre y esta es vuestra casa. Muchas gracias